Balada del bardo dormido
El día se acaba, la noche se cierne.
No es más que otro día común,
no más que un viaje de retorno.
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El sol se oculta, la oscuridad se acerca.
No hay más ruido que la madre naturaleza,
no más que que el viento, no más que las estrellas.
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Unas simples guardias, una sencilla cautela.
¿Para qué molestarse? si la noche no altera.
Unos pensamientos vagos, unos ojos cerrados.
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Así dormía, así
Sin el mal percibir.
Así dormía, así,
mientras la muerte
llegaba hasta allí.
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El día acabó, la noche se cierra.
Y con ella trajo bestias no vivas,
pero bien se movían.
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La noche saluda, el día descansa.
Y el bardo que deja,
desnuda su garganta.
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Un simple aullido, despierta el letargo.
El motivo era algo antaño muerto,
pero hoy resucitado.
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Así dormía, así
Sin el mal percibir.
Así dormía, así,
mientras la muerte
llegaba hasta allí.
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La mañana se ofrece, la noche se despide.
Gracias al lobo,
todos aun viven.
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La luz entusiasma, la noche aterra.
Esa no es hora,
para que alguién no duerma.
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Mi historia se acaba,
aquí me despido.
Doy gracias a la tierra,
por estar aun vivo.
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Así dormía, así
Sin el mal percibir.
Así dormía, así,
mientras la muerte
llegaba hasta allí.
Tras lo ocurrido en lo que se relata en esta balada, Aerten pronunció su frase célebre “Me escupen y me mueren”